¿Especie en extinción?
RETRATO DE UNA PATOLOGIA DE PERSECUCION
Para elaborar el retrato de un anticuario hay que tener en la mano una paleta-muestrario de pinturas: colores y texturas que esbozan en su mirada un cumulo de información. Su esqueleto es como una caja de resonancia que guarda sonidos de otras épocas; su corazón, el latir de miles de muertos que buscan revivir a través de los objetos.
Es un cuentacuentos, un personaje que presta voz y alma a historias que ya se fueron; las recrea y las inventa. Se vuelve el protagonista de un imaginario. Su personalidad es austera, meditabunda, de ausencia, seca e indiferente. Se erige como un personaje teatral, actúa. Y como en el ajedrez no muestra emociones, no debe, así es como compra. Si exhibe la mínima sensibilidad, el otro, quien lo observa, es el que le vende, busca encontrar su debilidad hasta llevarlo a lo más preciado de sus deseos.
El anticuario no sabe que ya es un maestro, que ha pulido su espíritu pues este le ha enseñado a gozar acuciosamente el proceso de la búsqueda y el encuentro. Franquea el silencio, lo vuelve suyo, se adueña de él, pero no gesticula. Sus objetivos no los debe saber nadie, ni la almohada donde duerme y, con puntualidad, a las doce le pone un candado a sus sueños. Su patología es la de sentirse perseguido, acosado por quienes pretenden develar sus secretos, que incluso pueden ser sus hijos, sus amigos, su mujer o el conserje.
Todos se pueden confabular para obtener el objeto de su más intimo deseo, ese al que únicamente el tiene derecho a conseguir y poseer; es una prerrogativa que se ha ganado con los años, a pulso, debido a que ha estudiado el origen de la pieza, ha investigado la historia de sus dueños y el momento circunstancial cuando entro en sus vidas y, luego, el instante de su separación.
Cuando por fin las manos del anticuario acarician el objeto anhelado, sienten que un misterio o un suceso mágico y fortuito, de destino, han transportado a la pieza hasta donde él se encuentra. Después, en lugar de exhibirla en su establecimiento en medio del tiempo acumulado en madera, bronce, latón, plata y oro, la lleva consigo para rozarla con su mirada anhelante.
El, primero que nadie, ha de tomar por sorpresa sus secretos, descubrir los materiales que conforman la pieza, sus técnicas y procesos de calidad por los que atravesó. Y por fin la revelación. Si era de factura única o pertenecía a la firma de un taller, como los que eran característicos en la Edad Media o el Renacimiento, si la hizo un artista o un artesano, que más da, su unicidad era identificar el sello creativo, sus texturas.
Ese ha sido el deleite más exquisito, una música cálida que se filtra por su sangre, un rio embravecido de emociones, alegría y dolor ante la zozobra, el éxtasis y la locura. Esta pieza la desea para su goce exclusivo, tocarla, hacerle el amor con sus manos una y mil veces y que solo sus ojos miren esa reliquia que profana contemplativamente una y otra vez.
Es como cruzar el túnel del tiempo. Vivir entre el pasado y el presente. Atrapar la fractalidad de la existencia en segundos. No estar ni aquí ni allá. Cuantos serán los momentos que se autorizara para vivir con ella y dejar que otro por fin se la lleve. De la esencia de su belleza sacara un perfume exquisito que se pondrá cada mañana, sabedor que su semblante ya no será el mismo a partir de ese momento.
¿Quien habrá de quitar de su rostro el goce de haber encontrado el alma del objeto más buscado? El ya la habrá poseído. Ahora si abrirá su tienda y lo exhibirá para compartirlo. Alguien tan loco o cuerdo como el buscara comprarlo a un precio muy alto. Lo vale por todas las generaciones que le han acompañado, por haber sobrevivido y porque él, el anticuario, la rescato de su destrucción total.
Tuvo que convertirse en un investigador para reconstruir su historia, un escultor, un obrero, un alquimista, un restaurador y darle vida nuevamente al objeto. Él lo vuelve a procrear, es su alma mater, su obra maestra. En su espíritu de anticuario habita el artista que pudo ser. Y como buen sabueso olfatea los olores del talento; los identifica; los desmenuza. Es poseer lo que el mismo no poseía.
El anticuario es un hombre de personalidad ambivalente que oscila entre el egoísmo y la generosidad, entre la erudición y la ignorancia, entre la ciencia y la magia divina.
· Por Anabel Gutiérrez P.
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